Eucaristía,
misterio que se ha de ofrecer al mundo

Eucaristía: pan partido para la vida del mundo

88. « El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo » (Jn 6,51). Con estas palabras el Señor revela el verdadero sentido del don de su propia vida por todos los hombres y nos muestran también la íntima compasión que Él tiene por cada persona. En efecto, los Evangelios nos narran muchas veces los sentimientos de Jesús por los hombres, de modo especial por los que sufren y los pecadores (cf. Mt 20,34; Mc 6,54; Lc 9,41). Mediante un sentimiento profundamente humano, Él expresa la intención salvadora de Dios para todos los hombres, a fin de que lleguen a la vida verdadera. Cada celebración eucarística actualiza sacramentalmente el don de su propia vida que Jesús hizo en la Cruz por nosotros y por el mundo entero. Al mismo tiempo, en la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo, que « consiste precisamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo ».[240] De ese modo, en las personas que encuentro reconozco a hermanos y hermanas por los que el Señor ha dado su vida amándolos « hasta el extremo » (Jn 13,1). Por consiguiente, nuestras comunidades, cuando celebran la Eucaristía, han de ser cada vez más conscientes de que el sacrificio de Cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él a hacerse « pan partido » para los demás y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno. Pensando en la multiplicación de los panes y los peces, hemos de reconocer que Cristo sigue exhortando también hoy a sus discípulos a comprometerse en primera persona: « dadles vosotros de comer » (Mt 14,16). En verdad, la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo.

Implicaciones sociales del Misterio eucarístico

89. La unión con Cristo que se realiza en el Sacramento nos capacita también para nuevos tipos de relaciones sociales: « la "mística'' del Sacramento tiene un carácter social ». En efecto, « la unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que Él se entrega. No puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán »[241] A este respecto, hay que explicitar la relación entre Misterio eucarístico y compromiso social. La Eucaristía es sacramento de comunión entre hermanos y hermanas que aceptan reconciliarse en Cristo, el cual ha hecho de judíos y paganos un pueblo solo, derribando el muro de enemistad que los separaba (cf. Ef 2,14). Sólo esta constante tensión hacia la reconciliación permite comulgar dignamente con el Cuerpo y la Sangre de Cristo (cf. Mt 5,23- 24).[242] Cristo, por el memorial de su sacrificio, refuerza la comunión entre los hermanos y, de modo particular, apremia a los que están enfrentados para que aceleren su reconciliación abriéndose al diálogo y al compromiso por la justicia. No cabe duda de que las condiciones para establecer una paz verdadera son la restauración de la justicia, la reconciliación y el perdón.[243] De esta toma de conciencia nace la voluntad de transformar también las estructuras injustas para restablecer el respeto de la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. La Eucaristía, a través de la puesta en práctica de este compromiso, transforma en vida lo que ella significa en la celebración. Como he afirmado, la Iglesia no tiene como tarea propia emprender una batalla política para realizar la sociedad más justa posible; sin embargo, tampoco puede ni debe quedarse al margen de la lucha por la justicia. La Iglesia « debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar ».[244]

En la perspectiva de la responsabilidad social de todos los cristianos, los Padres sinodales han recordado que el sacrificio de Cristo es misterio de liberación que nos interpela y provoca continuamente. Dirijo por tanto una llamada a todos los fieles para que sean realmente operadores de paz y de justicia: « En efecto, quien participa en la Eucaristía ha de comprometerse en construir la paz en nuestro mundo marcado por tantas violencias y guerras, y de modo particular hoy, por el terrorismo, la corrupción económica y la explotación sexual ».[245] Todos estos problemas, que a su vez engendran otros fenómenos degradantes, son los que despiertan viva preocupación. Sabemos que estas situaciones no se pueden afrontar de un manera superficial. Precisamente, gracias al Misterio que celebramos, deben denunciarse las circunstancias que van contra la dignidad del hombre, por el cual Cristo ha derramado su sangre, afirmando así el alto valor de cada persona.

El alimento de la verdad y la indigencia del hombre

90. No podemos permanecer pasivos ante ciertos procesos de globalización que con frecuencia hacen crecer desmesuradamente en todo el mundo la diferencia entre ricos y pobres. Debemos denunciar a quien derrocha las riquezas de la tierra, provocando desigualdades que claman al cielo (cf. St 5,4). Por ejemplo, es imposible permanecer callados ante « las imágenes sobrecogedoras de los grandes campos de prófugos o de refugiados —en muchas partes del mundo— concentrados en precarias condiciones para librarse de una suerte peor, pero necesitados de todo. Estos seres humanos, ¿no son nuestros hermanos y hermanas? ¿Acaso sus hijos no vienen al mundo con las mismas esperanzas legítimas de felicidad que los demás? ».[246] El Señor Jesús, Pan de vida eterna, nos apremia y nos hace estar atentos a las situaciones de pobreza en que se halla todavía gran parte de la humanidad: son situaciones cuya causa implica a menudo un clara e inquietante responsabilidad por parte de los hombres. En efecto, « sobre la base de datos estadísticos disponibles, se puede afirmar que menos de la mitad de las ingentes sumas destinadas globalmente a armamento sería más que suficiente para sacar de manera estable de la indigencia al inmenso ejército de los pobres. Esto interpela a la conciencia humana. Nuestro común compromiso por la verdad puede y tiene que dar nueva esperanza a estas poblaciones que viven bajo el umbral de la pobreza, mucho más a causa de situaciones que dependen de las relaciones internacionales políticas, comerciales y culturales, que a causa de circunstancias incontroladas ».[247]

El alimento de la verdad nos impulsa a denunciar las situaciones indignas del hombre, en las que a causa de la injusticia y la explotación se muere por falta de comida, y nos da nueva fuerza y ánimo para trabajar sin descanso en la construcción de la civilización del amor. Los cristianos han procurado desde el principio compartir sus bienes (cf. Hch 4,32) y ayudar a los pobres (cf. Rm 15,26). La colecta en las asambleas litúrgicas no sólo nos lo recuerda expresamente, sino que es también una necesidad muy actual. Las instituciones eclesiales de beneficencia, en particular Caritas en sus diversos ámbitos, prestan el precioso servicio de ayudar a las personas necesitadas, sobre todo a los más pobres. Estas instituciones, inspirándose en la Eucaristía, que es el sacramento de la caridad, se convierten en su expresión concreta; por ello merecen todo encomio y estímulo por su compromiso solidario en el mundo.

Doctrina social de la Iglesia

91. El misterio de la Eucaristía nos capacita e impulsa a un trabajo audaz en las estructuras de este mundo para llevarles aquel tipo de relaciones nuevas, que tiene su fuente inagotable en el don de Dios. La oración que repetimos en cada santa Misa: « Danos hoy nuestro pan de cada día », nos obliga a hacer todo lo posible, en colaboración con las instituciones internacionales, estatales o privadas, para que cese o al menos disminuya en el mundo el escándalo del hambre y de la desnutrición que sufren tantos millones de personas, especialmente en los países en vías de desarrollo. El cristiano laico en particular, formado en la escuela de la Eucaristía, está llamado a asumir directamente su propia responsabilidad política y social. Para que pueda desempeñar adecuadamente sus cometidos hay que prepararlo mediante una educación concreta para la caridad y la justicia. Por eso, como ha pedido el Sínodo, es necesario promover la doctrina social de la Iglesia y darla a conocer en las diócesis y en las comunidades cristianas.[248] En este precioso patrimonio, procedente de la más antigua tradición eclesial, encontramos los elementos que orientan con profunda sabiduría el comportamiento de los cristianos ante las cuestiones sociales candentes. Esta doctrina, madurada durante toda la historia de la Iglesia, se caracteriza por el realismo y el equilibrio, ayudando así a evitar compromisos equívocos o utopías ilusorias.

Santificación del mundo y salvaguardia de la creación

92. Para desarrollar una profunda espiritualidad eucarística que pueda influir también de manera significativa en el campo social, se requiere que el pueblo cristiano tenga conciencia de que, al dar gracias por medio de la Eucaristía, lo hace en nombre de toda la creación, aspirando así a la santificación del mundo y trabajando intensamente para tal fin.[249] La Eucaristía misma proyecta una luz intensa sobre la historia humana y sobre todo el cosmos. En esta perspectiva sacramental aprendemos, día a día, que todo acontecimiento eclesial tiene carácter de signo, mediante el cual Dios se comunica a sí mismo y nos interpela. De esta manera, la forma eucarística de la vida puede favorecer verdaderamente un auténtico cambio de mentalidad en el modo de ver la historia y el mundo. La liturgia misma nos educa para todo esto cuando, durante la presentación de las ofrendas, el sacerdote dirige a Dios una oración de bendición y de petición sobre el pan y el vino, « fruto de la tierra », « de la vid » y del « trabajo del hombre ». Con estas palabras, además de incluir en la ofrenda a Dios toda la actividad y el esfuerzo humano, el rito nos lleva a considerar la tierra como creación de Dios, que produce todo lo necesario para nuestro sustento. La creación no es una realidad neutral, mera materia que se puede utilizar indiferentemente siguiendo el instinto humano. Más bien forma parte del plan bondadoso de Dios, por el que todos nosotros estamos llamados a ser hijos e hijas en el Hijo unigénito de Dios, Jesucristo (cf. Ef 1,4-12). La fundada preocupación por las condiciones ecológicas en que se halla la creación en muchas partes del mundo encuentra motivos de consuelo en la perspectiva de la esperanza cristiana, que nos compromete a actuar responsablemente en defensa de la creación.[250] En efecto, en la relación entre la Eucaristía y el universo descubrimos la unidad del plan de Dios y se nos invita a descubrir la relación profunda entre la creación y la « nueva creación », inaugurada con la resurrección de Cristo, nuevo Adán. En ella participamos ya desde ahora en virtud del Bautismo (cf. Col 2,12 s.), y así se le abre a nuestra vida cristiana, alimentada por la Eucaristía, la perspectiva del mundo nuevo, del nuevo cielo y de la nueva tierra, donde la nueva Jerusalén baja del cielo, desde Dios, « ataviada como una novia que se adorna para su esposo » (Ap 21,2).

Utilidad de un Compendio eucarístico

93. Al final de estas reflexiones, en las que he querido fijarme en las orientaciones surgidas en el Sínodo, deseo acoger también una petición que hicieron los Padres para ayudar al pueblo cristiano a creer, celebrar y vivir cada vez mejor el Misterio eucarístico. Preparado por los Dicasterios competentes se publicará un Compendio que recogerá textos del Catecismo de la Iglesia Católica, oraciones y explicaciones de las Plegarias Eucarísticas del Misal, así como todo lo que pueda ser útil para la correcta comprensión, celebración y adoración del Sacramento del altar.[251] Espero que este instrumento ayude a que el memorial de la Pascua del Señor se convierta cada vez más en fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia. Esto impulsará a cada fiel a hacer de su propia vida un verdadero culto espiritual.

CONCLUSIÓN

94. Queridos hermanos y hermanas, la Eucaristía es el origen de toda forma de santidad, y todos nosotros estamos llamados a la plenitud de vida en el Espíritu Santo. ¡Cuántos santos han hecho auténtica su propia vida gracias a su piedad eucarística! De san Ignacio de Antioquía a san Agustín, de san Antonio abad a san Benito, de san Francisco de Asís a santo Tomás de Aquino, de santa Clara de Asís a santa Catalina de Siena, de san Pascual Bailón a san Pedro Julián Eymard, de san Alfonso María de Ligorio al beato Carlos de Foucauld, de san Juan María Vianney a santa Teresa de Lisieux, de san Pío de Pietrelcina a la beata Teresa de Calcuta, del beato Piergiorgio Frassati al beato Iván Merz, sólo por citar algunos de los numerosos nombres, la santidad ha tenido siempre su centro en el sacramento de la Eucaristía.

Por eso, es necesario que en la Iglesia se crea realmente, se celebre con devoción y se viva intensamente este santo Misterio. El don de sí mismo que Jesús hace en el Sacramento memorial de su pasión, nos asegura que el culmen de nuestra vida está en la participación en la vida trinitaria, que en él se nos ofrece de manera definitiva y eficaz. La celebración y adoración de la Eucaristía nos permiten acercarnos al amor de Dios y adherirnos personalmente a él hasta unirnos con el Señor amado. El ofrecimiento de nuestra vida, la comunión con toda la comunidad de los creyentes y la solidaridad con cada hombre, son aspectos imprescindibles de la logiké latreía, del culto espiritual, santo y agradable a Dios (cf. Rm 12,1), en el que toda nuestra realidad humana concreta se transforma para su gloria. Invito, pues, a todos los pastores a poner la máxima atención en la promoción de una espiritualidad cristiana auténticamente eucarística. Que los presbíteros, los diáconos y todos los que desempeñan un ministerio eucarístico, reciban siempre de estos mismos servicios, realizados con esmero y preparación constante, fuerza y estímulo para el propio camino personal y comunitario de santificación. Exhorto a todos los laicos, en particular a las familias, a encontrar continuamente en el Sacramento del amor de Cristo la fuerza para transformar la propia vida en un signo auténtico de la presencia del Señor resucitado. Pido a todos los consagrados y consagradas que manifiesten con su propia vida eucarística el esplendor y la belleza de pertenecer totalmente al Señor.

95. A principios del siglo IV, el culto cristiano estaba todavía prohibido por las autoridades imperiales. Algunos cristianos del Norte de África, que se sentían en la obligación de celebrar el día del Señor, desafiaron la prohibición. Fueron martirizados mientras declaraban que no les era posible vivir sin la Eucaristía, alimento del Señor: sine dominico non possumus.[252] Que estos mártires de Abitinia, junto con muchos santos y beatos que han hecho de la Eucaristía el centro de su vida, intercedan por nosotros y nos enseñen la fidelidad al encuentro con Cristo resucitado. Nosotros tampoco podemos vivir sin participar en el Sacramento de nuestra salvación y deseamos ser iuxta dominicam viventes, es decir, llevar a la vida lo que celebramos en el día del Señor. En efecto, este es el día de nuestra liberación definitiva. ¿Qué tiene de extraño que deseemos vivir cada día según la novedad introducida por Cristo con el misterio de la Eucaristía?

96. Que María Santísima, Virgen inmaculada, arca de la nueva y eterna alianza, nos acompañe en este camino al encuentro del Señor que viene. En Ella encontramos la esencia de la Iglesia realizada del modo más perfecto. La Iglesia ve en María, « Mujer eucarística » —como la llamó el Siervo de Dios Juan Pablo II [253]—, su icono más logrado, y la contempla como modelo insustituible de vida eucarística. Por eso, disponiéndose a acoger sobre el altar el « verum Corpus natum de Maria Virgine », el sacerdote, en nombre de la asamblea litúrgica, afirma con las palabras del canon: « Veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor ».[254] Su santo nombre se invoca y venera también en los cánones de las tradiciones cristianas orientales. Los fieles, por su parte, « encomiendan a María, Madre de la Iglesia, su vida y su trabajo. Esforzándose por tener los mismos sentimientos de María, ayudan a toda la comunidad a vivir como ofrenda viva, agradable al Padre ».[255] Ella es la Tota pulchra, Toda hermosa, ya que en Ella brilla el resplandor de la gloria de Dios. La belleza de la liturgia celestial, que debe reflejarse también en nuestras asambleas, tiene un fiel espejo en Ella. De Ella hemos de aprender a convertirnos en personas eucarísticas y eclesiales para poder presentarnos también nosotros, según la expresión de san Pablo, « inmaculados » ante el Señor, tal como Él nos ha querido desde el principio (cf. Col 1,21; Ef 1,4).[256]

97. Que el Espíritu Santo, por intercesión de la Santísima Virgen María, encienda en nosotros el mismo ardor que sintieron los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35), y renueve en nuestra vida el asombro eucarístico por el resplandor y la belleza que brillan en el rito litúrgico, signo eficaz de la belleza infinita propia del misterio santo de Dios. Aquellos discípulos se levantaron y volvieron de prisa a Jerusalén para compartir la alegría con los hermanos y hermanas en la fe. En efecto, la verdadera alegría está en reconocer que el Señor se queda entre nosotros, compañero fiel de nuestro camino. La Eucaristía nos hace descubrir que Cristo muerto y resucitado, se hace contemporáneo nuestro en el misterio de la Iglesia, su Cuerpo. Hemos sido hechos testigos de este misterio de amor. Deseemos ir llenos de alegría y admiración al encuentro de la santa Eucaristía, para experimentar y anunciar a los demás la verdad de la palabra con la que Jesús se despidió de sus discípulos: « Yo estoy con vosotros todos los días, hasta al fin del mundo » (Mt 28,20).

En Roma, junto a san Pedro, el 22 de Febrero, fiesta de la Cátedra del Apóstol san Pedro, del año 2007, segundo de mi Pontificado.

BENEDICTO XVI

The Eucharist, a mystery to be offered to the world

The Eucharist, bread broken for the life of the world

88. "The bread I will give is my flesh, for the life of the world" (Jn 6:51). In these words the Lord reveals the true meaning of the gift of his life for all people. These words also reveal his deep compassion for every man and woman. The Gospels frequently speak of Jesus' feelings towards others, especially the suffering and sinners (cf. Mt 20:34; Mk 6:34; Lk 19:41). Through a profoundly human sensibility he expresses God's saving will for all people – that they may have true life. Each celebration of the Eucharist makes sacramentally present the gift that the crucified Lord made of his life, for us and for the whole world. In the Eucharist Jesus also makes us witnesses of God's compassion towards all our brothers and sisters. The eucharistic mystery thus gives rise to a service of charity towards neighbour, which "consists in the very fact that, in God and with God, I love even the person whom I do not like or even know. This can only take place on the basis of an intimate encounter with God, an encounter which has become a communion of will, affecting even my feelings. Then I learn to look on this other person not simply with my eyes and my feelings, but from the perspective of Jesus Christ." (240) In all those I meet, I recognize brothers or sisters for whom the Lord gave his life, loving them "to the end" (Jn 13:1). Our communities, when they celebrate the Eucharist, must become ever more conscious that the sacrifice of Christ is for all, and that the Eucharist thus compels all who believe in him to become "bread that is broken" for others, and to work for the building of a more just and fraternal world. Keeping in mind the multiplication of the loaves and fishes, we need to realize that Christ continues today to exhort his disciples to become personally engaged: "You yourselves, give them something to eat" (Mt 14:16). Each of us is truly called, together with Jesus, to be bread broken for the life of the world.

The social implications of the eucharistic mystery

89. The union with Christ brought about by the Eucharist also brings a newness to our social relations: "this sacramental ‘mysticism' is social in character." Indeed, "union with Christ is also union with all those to whom he gives himself. I cannot possess Christ just for myself; I can belong to him only in union with all those who have become, or who will become, his own."(241) The relationship between the eucharistic mystery and social commitment must be made explicit. The Eucharist is the sacrament of communion between brothers and sisters who allow themselves to be reconciled in Christ, who made of Jews and pagans one people, tearing down the wall of hostility which divided them (cf. Eph 2:14). Only this constant impulse towards reconciliation enables us to partake worthily of the Body and Blood of Christ (cf. Mt 5:23-24). (242) In the memorial of his sacrifice, the Lord strengthens our fraternal communion and, in a particular way, urges those in conflict to hasten their reconciliation by opening themselves to dialogue and a commitment to justice. Certainly, the restoration of justice, reconciliation and forgiveness are the conditions for building true peace.(243) The recognition of this fact leads to a determination to transform unjust structures and to restore respect for the dignity of all men and women, created in God's image and likeness. Through the concrete fulfilment of this responsibility, the Eucharist becomes in life what it signifies in its celebration. As I have had occasion to say, it is not the proper task of the Church to engage in the political work of bringing about the most just society possible; nonetheless she cannot and must not remain on the sidelines in the struggle for justice. The Church "has to play her part through rational argument and she has to reawaken the spiritual energy without which justice, which always demands sacrifice, cannot prevail and prosper." (244)

In discussing the social responsibility of all Christians, the Synod Fathers noted that the sacrifice of Christ is a mystery of liberation that constantly and insistently challenges us. I therefore urge all the faithful to be true promoters of peace and justice: "All who partake of the Eucharist must commit themselves to peacemaking in our world scarred by violence and war, and today in particular, by terrorism, economic corruption and sexual exploitation." (245) All these problems give rise in turn to others no less troubling and disheartening. We know that there can be no superficial solutions to these issues. Precisely because of the mystery we celebrate, we must denounce situations contrary to human dignity, since Christ shed his blood for all, and at the same time affirm the inestimable value of each individual person.

The food of truth and human need

90. We cannot remain passive before certain processes of globalization which not infrequently increase the gap between the rich and the poor worldwide. We must denounce those who squander the earth's riches, provoking inequalities that cry out to heaven (cf. Jas 5:4). For example, it is impossible to remain silent before the "distressing images of huge camps throughout the world of displaced persons and refugees, who are living in makeshift conditions in order to escape a worse fate, yet are still in dire need. Are these human beings not our brothers and sisters? Do their children not come into the world with the same legitimate expectations of happiness as other children?" (246) The Lord Jesus, the bread of eternal life, spurs us to be mindful of the situations of extreme poverty in which a great part of humanity still lives: these are situations for which human beings bear a clear and disquieting responsibility. Indeed, "on the basis of available statistical data, it can be said that less than half of the huge sums spent worldwide on armaments would be more than sufficient to liberate the immense masses of the poor from destitution. This challenges humanity's conscience. To peoples living below the poverty line, more as a result of situations to do with international political, commercial and cultural relations than as a result of circumstances beyond anyone's control, our common commitment to truth can and must give new hope" (247).

The food of truth demands that we denounce inhumane situations in which people starve to death because of injustice and exploitation, and it gives us renewed strength and courage to work tirelessly in the service of the civilization of love. From the beginning, Christians were concerned to share their goods (cf. Acts 4:32) and to help the poor (cf. Rom 15:26). The alms collected in our liturgical assemblies are an eloquent reminder of this, and they are also necessary for meeting today's needs. The Church's charitable institutions, especially Caritas, carry out at various levels the important work of assisting the needy, especially the poorest. Inspired by the Eucharist, the sacrament of charity, they become a concrete expression of that charity; they are to be praised and encouraged for their commitment to solidarity in our world.

The Church's social teaching

91. The mystery of the Eucharist inspires and impels us to work courageously within our world to bring about that renewal of relationships which has its inexhaustible source in God's gift. The prayer which we repeat at every Mass: "Give us this day our daily bread," obliges us to do everything possible, in cooperation with international, state and private institutions, to end or at least reduce the scandal of hunger and malnutrition afflicting so many millions of people in our world, especially in developing countries. In a particular way, the Christian laity, formed at the school of the Eucharist, are called to assume their specific political and social responsibilities. To do so, they need to be adequately prepared through practical education in charity and justice. To this end, the Synod considered it necessary for Dioceses and Christian communities to teach and promote the Church's social doctrine. (248) In this precious legacy handed down from the earliest ecclesial tradition, we find elements of great wisdom that guide Christians in their involvement in today's burning social issues. This teaching, the fruit of the Church's whole history, is distinguished by realism and moderation; it can help to avoid misguided compromises or false utopias.

The sanctification of the world and the protection of creation

92. Finally, to develop a profound eucharistic spirituality that is also capable of significantly affecting the fabric of society, the Christian people, in giving thanks to God through the Eucharist, should be conscious that they do so in the name of all creation, aspiring to the sanctification of the world and working intensely to that end.(249) The Eucharist itself powerfully illuminates human history and the whole cosmos. In this sacramental perspective we learn, day by day, that every ecclesial event is a kind of sign by which God makes himself known and challenges us. The eucharistic form of life can thus help foster a real change in the way we approach history and the world. The liturgy itself teaches us this, when, during the presentation of the gifts, the priest raises to God a prayer of blessing and petition over the bread and wine, "fruit of the earth," "fruit of the vine" and "work of human hands." With these words, the rite not only includes in our offering to God all human efforts and activity, but also leads us to see the world as God's creation, which brings forth everything we need for our sustenance. The world is not something indifferent, raw material to be utilized simply as we see fit. Rather, it is part of God's good plan, in which all of us are called to be sons and daughters in the one Son of God, Jesus Christ (cf. Eph 1:4-12). The justified concern about threats to the environment present in so many parts of the world is reinforced by Christian hope, which commits us to working responsibly for the protection of creation. (250) The relationship between the Eucharist and the cosmos helps us to see the unity of God's plan and to grasp the profound relationship between creation and the "new creation" inaugurated in the resurrection of Christ, the new Adam. Even now we take part in that new creation by virtue of our Baptism (cf. Col 2:12ff.). Our Christian life, nourished by the Eucharist, gives us a glimpse of that new world – new heavens and a new earth – where the new Jerusalem comes down from heaven, from God, "prepared as a bride adorned for her husband" (Rev 21:2).

The usefulness of a Eucharistic Compendium

93. At the conclusion of these reflections, in which I have taken up a number of themes raised at the Synod, I also wish to accept the proposal which the Synod Fathers advanced as a means of helping the Christian people to believe, celebrate and live ever more fully the mystery of the Eucharist. The competent offices of the Roman Curia will publish a Compendium which will assemble texts from the Catechism of the Catholic Church, prayers, explanations of the Eucharistic Prayers of the Roman Missal and other useful aids for a correct understanding, celebration and adoration of the Sacrament of the Altar (251). It is my hope that this book will help make the memorial of the Passover of the Lord increasingly the source and summit of the Church's life and mission. This will encourage each member of the faithful to make his or her life a true act of spiritual worship.

CONCLUSION

94. Dear brothers and sisters, the Eucharist is at the root of every form of holiness, and each of us is called to the fullness of life in the Holy Spirit. How many saints have advanced along the way of perfection thanks to their eucharistic devotion! From Saint Ignatius of Antioch to Saint Augustine, from Saint Anthony Abbot to Saint Benedict, from Saint Francis of Assisi to Saint Thomas Aquinas, from Saint Clare of Assisi to Saint Catherine of Siena, from Saint Paschal Baylon to Saint Peter Julian Eymard, from Saint Alphonsus Liguori to Blessed Charles de Foucauld, from Saint John Mary Vianney to Saint Thérèse of Lisieux, from Saint Pius of Pietrelcina to Blessed Teresa of Calcutta, from Blessed Piergiorgio Frassati to Blessed Ivan Merz, to name only a few, holiness has always found its centre in the sacrament of the Eucharist.

This most holy mystery thus needs to be firmly believed, devoutly celebrated and intensely lived in the Church. Jesus' gift of himself in the sacrament which is the memorial of his passion tells us that the success of our lives is found in our participation in the trinitarian life offered to us truly and definitively in him. The celebration and worship of the Eucharist enable us to draw near to God's love and to persevere in that love until we are united with the Lord whom we love. The offering of our lives, our fellowship with the whole community of believers and our solidarity with all men and women are essential aspects of that logiké latreía, spiritual worship, holy and pleasing to God (cf. Rom 12:1), which transforms every aspect of our human existence, to the glory of God. I therefore ask all pastors to spare no effort in promoting an authentically eucharistic Christian spirituality. Priests, deacons and all those who carry out a eucharistic ministry should always be able to find in this service, exercised with care and constant preparation, the strength and inspiration needed for their personal and communal path of sanctification. I exhort the lay faithful, and families in particular, to find ever anew in the sacrament of Christ's love the energy needed to make their lives an authentic sign of the presence of the risen Lord. I ask all consecrated men and women to show by their eucharistic lives the splendour and the beauty of belonging totally to the Lord.

95. At the beginning of the fourth century, Christian worship was still forbidden by the imperial authorities. Some Christians in North Africa, who felt bound to celebrate the Lord's Day, defied the prohibition. They were martyred after declaring that it was not possible for them to live without the Eucharist, the food of the Lord: sine dominico non possumus. (252) May these martyrs of Abitinae, in union with all those saints and beati who made the Eucharist the centre of their lives, intercede for us and teach us to be faithful to our encounter with the risen Christ. We too cannot live without partaking of the sacrament of our salvation; we too desire to be iuxta dominicam viventes, to reflect in our lives what we celebrate on the Lord's Day. That day is the day of our definitive deliverance. Is it surprising, then, that we should wish to live every day in that newness of life which Christ has brought us in the mystery of the Eucharist?

96. May Mary Most Holy, the Immaculate Virgin, ark of the new and eternal covenant, accompany us on our way to meet the Lord who comes. In her we find realized most perfectly the essence of the Church. The Church sees in Mary – "Woman of the Eucharist," as she was called by the Servant of God John Paul II (253) – her finest icon, and she contemplates Mary as a singular model of the eucharistic life. For this reason, as the priest prepares to receive on the altar the verum Corpus natum de Maria Virgine, speaking on behalf of the liturgical assembly, he says in the words of the canon: "We honour Mary, the ever-virgin mother of Jesus Christ our Lord and God" (254). Her holy name is also invoked and venerated in the canons of the Eastern Christian traditions. The faithful, for their part, "commend to Mary, Mother of the Church, their lives and the work of their hands. Striving to have the same sentiments as Mary, they help the whole community to become a living offering pleasing to the Father" (255). She is the tota pulchra, the all-beautiful, for in her the radiance of God's glory shines forth. The beauty of the heavenly liturgy, which must be reflected in our own assemblies, is faithfully mirrored in her. From Mary we must learn to become men and women of the Eucharist and of the Church, and thus to present ourselves, in the words of Saint Paul, "holy and blameless" before the Lord, even as he wished us to be from the beginning (cf. Col 1:22; Eph 1:4) (256).

97. Through the intercession of the Blessed Virgin Mary, may the Holy Spirit kindle within us the same ardour experienced by the disciples on the way to Emmaus (cf. Lk 24:13-35) and renew our "eucharistic wonder" through the splendour and beauty radiating from the liturgical rite, the efficacious sign of the infinite beauty of the holy mystery of God. Those disciples arose and returned in haste to Jerusalem in order to share their joy with their brothers and sisters in the faith. True joy is found in recognizing that the Lord is still with us, our faithful companion along the way. The Eucharist makes us discover that Christ, risen from the dead, is our contemporary in the mystery of the Church, his body. Of this mystery of love we have become witnesses. Let us encourage one another to walk joyfully, our hearts filled with wonder, towards our encounter with the Holy Eucharist, so that we may experience and proclaim to others the truth of the words with which Jesus took leave of his disciples: "Lo, I am with you always, until the end of the world" (Mt 28:20).

Given in Rome, at Saint Peter's, on 22 February, the Feast of the Chair of Peter, in the year 2007, the second of my Pontificate.

BENEDICTUS PP. XVI

 

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